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viernes, diciembre 10, 2010

Después de 5 años

Sigues recordándolo.
Y después de 5 años, me envias este momento.

With any luck, by next year I'll be going out with one of these girls...
but for now let me say,
without hope or agenda
just because It's Christmas
(and at Christmas you tell the truth...)
To me you're Perfect
and my wasted heart will love you
until you look like a mummy.
Merry Christmas.


Sin palabras, mi luna de valencia. Sin palabras.

And I won't go
And I won't sleep
And I can't breathe
Until you're resting here with me


I won't leave
I can't hide
I cannot be
Until you're resting here with me

lunes, noviembre 22, 2010

Puede que yo no sepa nada sobre el amor...

Puede que yo no sepa nada sobre el amor. Puede que nadie sepa nada, en realidad. Me lo enseñó Carmina cuando me preguntó: ¿ por qué crees que estás enamorada de Vicente?
- Menuda pregunta… a ver…. ¿ por qué le quiero?-tuve que pensar un rato-. Pues porque me hace ser una persona mejor, por ejemplo.
- Eso no sirve.
- ¿por qué no va a servir? Me hace ser una persona mejor, te lo digo en serio. Quiero ser mejor en el trabajo, en la cama, en la vida… quiero ser la mejor para él, es decir, me gustaría que a él no le quedase más remedio que aceptar que soy la mejor.
- Y así Vicente tendría que dejar a Soledad para irse contigo ¿No es eso? Pero, verás, las cosas no funcionan asi. En primer lugar, no sirve porque es la frase de una pelicula de Jack Nicholson en la que hace el papel de un desequilibrado que se redime por amor, y el amor, Amparo, tiene muchos efectos positivos, distintos en cada persona, pero no es redentor. Somos nosotros mismos los que nos salvamos o los que nos hundimos, no te confundas con eso. Y en segundo lugar, no sirve porque tenemos que amar a una persona por lo que es y no por los efectos que causa en nosotros.

Silencio.

- Deberíamos estar enamorados de alguien porque nos gusten sus valores, sus ideas , su manera de vivir, porque nos haga sentir felices, porque nos respete, porque nos aprecie. Deberíamos amar a alguien por como es, ni más ni menos. Dime ¿Cómo es Vicente?
- No sé, déjame que piense. Es alto, moreno, tiene la nariz llena de pecas, parece un crío gamberro...eso me encanta.
- ¿ Le quieres por eso?
- No. No le quiero sólo por eso, pero también le quiero por eso. Le quiero porque es un luchador, porque es creativo, porque es íntegro, porque es un buen hombre.
- ¿ Es así en realidad, Amparo? ¿ Estás segura de que es un hombre íntrego, o quieres creer que lo es?
- Le estás prejuzgando, crees que sabes cómo es porque yo vengo aquí hecha polvo y te cuento lo mal que me siento con todo esto...
- Creía que le querías porque te hacía sentir una persona mejor.
- Estás siendo injusta, y además no sé dónde quieres ir a parar.
- Sólo quiero que sepas si estás segura de que él es el hombre al que quieres, nada más. Quiero saber si sabes por qué le quieres, si sabes por qué estás tanto tiempo al lado de una persona como Vicente, aun sabiendo que no tiene intención de dejar a su mujer. Y eso estaría muy bien, ya te digo que cada persona siente el amor de una manera distinta a los demás, así que si tú quisieras mantener una relación en la que tu pareja no está contigo al cien por cien. sería perfecto si no te sintieras tan mal.
- Puede que no sepamos nada del amor, del amor de verdad. Una cosa es el amor romántico, el amor de las novelas, de las grandes tragedias, el que te lleva del orgasmo a la muerte, el que no tiene términos medios, el de los extremos: o la felicidad o la amargura. Yo no digo que tu amor no sea real, sólo digo que no te hace feliz. Estás aquí frustada, triste y esa es la prueba más evidente. Sientes que un nudo te atenaza el estómago y no te deja respirar. Sientes que no vales nada si él no te quiere, sientes que si él no te quiere nadie más podrá quererte. Te enfadas con él y contigo porque no te explicas porque sigues con una relación como esta, una relación que saca lo peor de ti misma, que te vuelve dependiente, que te hace infeliz, que te impide disfrutar del resto de tu vida, que te convierte en alguien que no te gusta ser, que te entontece.
Entonces, Amparo, dame realmente motivos para este amor que sientes, y sobre todo, dátelos a ti misma. Yo no voy a juzgar a Vicente. Supongo que desde fuera las cosas se van diferentes, y que en su situación hay mil motivos que justifican que no quiera separarse ni tampoco dejarte. NO juzgo a Vicente. Sólo trato de ayudarte a que te enfrentes a tus problemas. ¿Por qué vienes a la consulta Amparo?
- Para que me ayudes a sentirme mejor.
- Pero yo no puedo hacer eso, y créeme que me encantaría. Sólo puedo decirte: tienes atún para cenar y puedes cocinarlo con tomate, con cebolla, con mayonesa o con pan como tú quieras. Pero la decisión es tuya, tú tienes el mando, así que si escoges permanecer en esta relación, al menos deberías tener buenas razones para hacerlo. Deberías saber cómo es de verdad el hombre del que estás enamorada.

Fragmento "Algo tan parecido al amor" -Carmen Amoraga (Finalista Nadal 2007)

martes, agosto 24, 2010

En los días de lluvia (Fragmento)

Es más sabio el amor cuando amanece,
cuando ya empieza a oírse la mañana,
por el camino largo, desierto de tu piel.

Luis García Montero

lunes, diciembre 01, 2008

Día de nieve

La semana pasada nos peleamos. El lunes siguiente, me encontré con ella en un café para arreglar aquella historia con un ramillete de anémonas.

Era pleno diciembre en París. Las calles estaban cubiertas de nieve así que no se oía el ruido de sus perversos tacones sobre el asfalto.

En el bar, la pequeña enfurruñada me hizo ponerme nervioso. Su actitud variaba entre quedarse en silencio o largarme un discurso almibarado sobre las relaciones amorosas. a la vez, saboreaba el café y un fastidio distinguido de jovencita. Se llevaba repetidamente la mano al cuello, estrujaba su collar de perlas multicolores y me miraba de soslayo.

Un gato pasó por la calle blanca, levantando mucho las patas con aire circunspecto e ingenuo, intentando adivinar por dónde desaparecerían los copos.

Sus falsos enfados de niña me irritaban. Salí rabiando del café. me siguió. Entonces hice con mis manos una gran bola de nieve y se la tiré a la cara. Toc...

De inmediato dejó a un lado sus chiquillerías.El ramillete de anémonas consumidas por el frío voló por los aires golpeándome. De repente, el rubor hizo florecer sus mejillas que ya estaban, de todos modos, muy coloradas.

Entonces, salté sobre ella, la cogí por la cintura, crucé la calle con ella bajo el brazo haciendo ver que se debatía. al llegar, la tiré sobre el sofá. Emitió un pequeño gruñido. no estaba de humos para discutir ni para escucharla. Sólo tenía ganas de entrar en ella.
Con una voz de falsa inocencia, le murmuré al oído:
- Entrégate sin miedo.

Se colocó a cuatro patas sobre el sofá y arqueó los riñones. Le abrí las nalgas. Realicé en ellas una seria de rituales delicados, incluso administré a su cereza unos golpecitos seguidos por estertores de placer. Con un dedo le hice cosquillas en el culo que brillaba mojado. Se fue relajando cada vez más y aflojó la presión que aprisionaba mi dedo corazón. Y entonces, con mi miembro enorme y con lentitud, le ensanché el trasero. Se oyó un lamento ronco que fue en aumento. Su rosetón formaba un anillo en torno a mi pene. noté que se movía cada vez más yendo a mi encuentro. Más fuerte y más rápido. Con la mano que tenía por delante agitaba su botón mágico. Dejó de controlarse mientras yo la sacudía de arriba a abajo, mientras le hurgaba hasta las entrañas.

Los copos se transformaron en cristales en el borde de la ventana del salón. Mis labios mordisqueaban sus gruesos pezones, sus manos fatigadas descansaban sobre mi cabeza, recuperaba el aliento y ya tenía ganas de más.

Bénédicte Martin
Warm up

lunes, noviembre 10, 2008

Y es desde entonces que, semejante a los profetas,
Amo tan tiernamente el desierto y la mar;
Que río en los duelos y lloro en los festejos,
Y encuentro un gusto suave al vino más amargo;
Que tomo con frecuencia los hechos por mentiras,
Y que, los ojos hacia el cielo, caigo en los agujeros.
Pero, la voz me consuela y dice: "Guarda tus sueños;
¡Los sabios no los tienen tan hermosos como los locos!" 

Baudelaire- de "Las flores del mal"

sábado, abril 28, 2007

El epílogo

Tengo cincuenta y cinco años y está claro que mi juventud ha pasado para siempre. Y con ella, el deseo de nuevas aventuras o de nuevos amores. Sobre todo de nuevos amores. Se acabó para mí el tiempo del amor romántico. No lo lamento, incluso me atrevería a afirmar que estar lejos de sus sobresaltos y delirios me ha dado más serenidad, y, por lo general, me permite dormir mejor. No diré que me ha hecho más feliz, pero, ¿quién desea la felicidad? Yo no, desde luego. La obsesión por la felicidad ha sido la causa de las mayores catástrofes que se conocen. Sobre todo a ciertas edades. Sinceramente, no quiero volverme a ver en una situación así. Bien mirado, tampoco es tanto lo que se pierde: la risa, las palabras amables, la suavidad de la piel, la embriaguez de los sentidos y una absurda euforia sentimental. Vivir por un tiempo sin temor. Puro espejismo que solo puede anunciar los mayores desastres.

(…)

Mi aventura con Eva marcó un punto de inflexión en mi vida. Cuando me recuperé, supe que cierta energía había desaparecido de mi interior, y no la he vuelto a encontrar. Han pasado diez años desde entonces. He conocido a otras mujeres, con las que he tenido aventuras ocasionales y con las que, por lo general, cuando todo termina, suelo mantener una buena amistad, y he visitado algún club nocturno. No demasiados, pues esos ambientes me deprimen. No creo ser ningún mojigato en cuestiones sexuales, pero el sexo que me gusta requiere reciprocidad, cortesía e incertidumbre. Cosas que raras veces se dan en esos lugares.

De “Mi querida Eva”- Gustavo Martín Garzo.

jueves, diciembre 14, 2006

“Puta”

Es una palabra que muchas veces tiene significados diferentes, dependiendo de cómo nos vemos a nosotros mismos, cómo es usado el término, y cómo como individuos consideramos lo que es una puta. Mi definición personal es que el termino “puta”define a una mujer que disfruta su sexualidad, y no tiene inhibiciones en ese aspecto.

No considero necesariamente que la palabra “puta” sea sinonimo de “esclava” o “sumisa” aunque una esclava o una sumisa pueden ciertamente ser putas. Sin embargo, ser lujuriosa y deshinibida no indica automaticamente que esa persona sea sumisa. Lejos de eso! De hecho, he conocido a algunas mujeres que eran “putas” y eran muy dependientes de su satisfacción, sus necesidades. Ponían sus prioridades primero a las de servir o someterse al control de alguien mas. Ellas perseguían el sexo simplemente para calmar sus apetitos, y estaban contentas de hacerlo así. Por eso es que me refiero a mi misma como una esclava, lo cual incluye ser una puta entre otras cosas. La diferencia es que yo pertenezco a las que estan motivadas a satisfacer a sus dueños.

Dentro de mis relaciones particulares uso el termino “puta”. Usualmente es elegido deliberadamente por mi dueño porque esa palabra saca algo de adentro mio (junto con otro pequeño conjunto de vulgaridades que no voy a mencionar aquí). Me permite la posibilidad de hacerme a la idea que soy una puta, de que encuentro placeres en la oscuridad de los apetitos mas lujuriosos, y que me siento libre y natural sin las cadenas que la sociedad obliga a las mujeres a usar para acomodarse a sus normas morales. Pero no es el único aspecto de mi esclavitud, ni la única palabra que él usa para revelar ese lado de mi personalidad.

Algunas compartirán su lado de puta con una amplia variedad de personas, otras serán putas dentro de una dinámica monógama. Tampoco creo que ser una puta necesariamente implique vestirse mal o tener comportamientos raros. Todas las personas deben tener su propia idea de cómo expresarse, pero en mi caso, yo disfruto vistiendome en una forma sensual y provocativa, pero no ofensiva a la vista. La ropa puede ser elegida para mejorar y destacar el cuerpo, para atraer y expresar la propia sexualidad sin ser tres tallas mas pequeña. Una puta puede manejarse con clase y estilo en eventos apropiados, sabiendo que su lujuria y su sexualidad hierven debajo de la superficie. Ella debe saber que en cualquier momento puede ser arrastrada a un lado de la fiesta dentro de una habitación vacía y ser desnudada de esa fachada de refinada dama.


Entonces... ¿porqué la gente se resiste habitualmente a esta palabra? Creo honestamente que en gran parte es por cómo la sociedad define a una puta. Una mujer que es sexualmente abierta, que reconoce sus deseos primitivos, probablemente apartada de una relacion tradicional, recibe murmullos a sus espaldas y carga el estigma de puta. Eso no ocurre frecuentemente con los hombres que tienen numerosas aventuras amorosas, pero cuando la palabra “puta” es usada en contra de una mujer por sus pares, usualmente no es entendida como un cumplido. Lo sé porque yo fui una de esas muchachas que trabajó duro para quitarse la etiqueta de “puta”mientras crecía, y las muchachas que continuaban diciéndomelo significaban para mi que era imposible quitarmelo. Para alguien que lucha con la angustia diaria de la adolescencia y el crecimiento, que busca explorar los deseos que saben son diferentes a lo que la mayoria sostiene y observa como son tratadas las “putas” por sus pares... esa experiencia puede causar una reaccion de rechazo hacia esa palabra. No estoy segura que el titulo de “niña buena” me quede, yo solo me transformé en una puta secreta y me aseguré que nadie supiera de mis cosas privadas.

Cuando por primera vez un hombre me llamó puta yo reaccioné de la misma forma que lo hacia cuando las muchachas me lo decían en mi adolescencia. Por suerte, él luego me explicó que no debía avergonzarme de mi sexualidad, y que ciertas definiciones que tenía programadas en mi cabeza serían desafiadas mientras yo avanzara en mi esclavitud. Dentro de mi esclavitud he sido expuesta en formas que no me permitieron sentirme avergonzada acerca de mis vicios y deseos sexuales, sino abrazarlos como parte de lo que yo soy. Hay una cierta parte de mi que disfruta sabiendo como se siente destapar las cosas que la sociedad espera de las mujeres. Las cosas que podria hacer para complacer a un hombre me estremecen, y no puedo encontrar vergüenza en ello sino una dulce sensacion de realización por la mujer que soy. Ya no escondo ese lado de mi ser nunca mas, aunque tampoco se lo enrostro a los demas. Cambia como caminas, como te mueves, como te presentas a ti misma a los hombres que esperas te hallen atractiva, siempre esta latente junto con tus otras cualidades.

Hoy dia, cuando la gente me llama “puta” yo miro mas en el contexto. ¿me conoce esta persona? Si no me conoce... bueno, me podrian poner cualquier adjetivo y yo sabría que no tienen forma de conocer la persona que soy. ¿lo estan usando para degradarme o lo hacen para referirse a mi forma de ser lujuriosa? De todas formas, me siento mas inclinada a sonreirles y decir, “si, lo soy” y saber que mi dueño es la única persona que tiene completo y total acceso a mi lado de puta. No me averguenzo de ser sensual, sexual, deshinibida... esa parte de mi es tan válida como las otras. Dentro de las cadenas de mi dueño.... soy libre de mostrar como y quien soy.
Y yo amo ser su puta.


Being a Slut

viernes, noviembre 17, 2006

Madrid y sus Lágrimas

"Un, dos, tres... un., dos, tres... un, dos, tres..."
Lucía
baja rumbosa la calle Huertas pegando pequeños saltos. Atrás quedan, grabados en el pavimento, los fragmentos de obras de Zorrilla, de Cervantes, de Góngora... estamos en el barrio de las letras y Lucía parece una niña a punto de abrir un Harry Potter.

"Un, dos, tres" se repite sonriente mientras pasa por delante de la comisaría de Policía. "Un dos tres" al llegar al Paseo del Prado y torcer a la izquierda. Y cómo será el día, la noche ya, que hasta las banderas del Ministerio de Agricultura parecen acompañarla con palmas, mientras el viento hace chocar sus enganches con los postes que las sostienen.

¿De dónde saca Lucía toda este entusiasmo? De sí misma, claro está, y de un restaurante llamado "La Piconera" que queda a su izquierda y que ha estallado su vena más flamenca. "Un dos tres" parece decirle a una paloma que picotea una galleta tirada en el suelo intentando comprobar si merece la pena o no.

Normalmente Lucía tiene miedo de andar a oscuras por este paseo tan solitario pero hoy no, hoy Lucía no tiene miedo de nada salvo de que se acabe la noche. Se empieza a fijar en las pequeñas cosas, Madrid está abierto para ella y sus sentidos.

Se fija en los árboles torcidos por el viento, el olor a tormenta, sus manos que parecen pequeñas para todo lo que querría agarrar, se fija en la paloma que por fin decide llevarse la galleta hasta que un señor cruza en su camino y la pobre tiene que salir volando, soltar su comida y volver a acercarse a empezar de cero como si fuera otra galleta, otra ciudad, otra paloma...

Se fija en el señor también y, por primera vez, Lucía se asusta. Debe de tener unos treinta años, es difícil de decir, y camina como Jesús sobre el mar. Parece un espectro salido de ningún lado. Lleva unos pantalones grises empapados y una camisa mojada, un collarín en el cuello y una mirada perdida. Lo más sorprendente, sin embargo, es que lleva la mitad de la cara cubierta de espuma de afeitar. Parece salido de una de esas batallas de sprays de nieve que se dan en la Plaza Mayor en Navidades. Lucía deja de mirarle por miedo a que él la acabe mirando a ella, pero no, él no mira a los lados, sólo adelante. Cuando por fin se distancia lo suficiente, Lucía vuelve a respirar tranquila desconfiando de sus sentidos.

Lo dicho, a veces sorprendes a la ciudad, a veces la ciudad te sorprende a ti.

Lucía ya no canturrea, ni da brincos, pero sigue con una sonrisa tonta en la cara, como si volviera a casa después de un primer beso. Tiene ante sí el Museo del Prado y piensa en cruzar para subir hacia Alfonso XII. En verano, cuando está sola -y el verano en Madrid convierte a cualquiera en un solitario- suele hacer este mismo camino pero a la inversa, llega hasta la Cuesta de Moyano a mirar algunos de los tebeos que podían haber sido de su madre, se cuela en el Jardín Botánico por un roto de la verja, y se queda ahí, como en la canción, esperando a que la noche caiga. Cómo le va a explicar estas cosas a Juan. O quizás esas cosas no se explican. Ha llegado demasiado tarde a los chicos como a tantos otros sitios y ahora le toca aprender todo más deprisa. "No importa" piensa y sigue sonriendo, las primeras gotas de lluvia mojando su boca.

Agua que moja a Lucía y agua que moja a Neptuno, amenazador con su tridente, señor de las causas perdidas, envidioso de Odiseo y tantos otros ganadores astutos. Lucía le tiene cariño porque ella misma se siente una causa perdida, un patito feo. Por lo menos hasta hace una hora. Desde hace una hora se siente otra chica en otro mundo. Un mundo de lujo, de sueños, de ilusiones, de carteles de neón anunciando promesas como los que tiene ante sus ojos ahora: "Ritz", "Palace", "Villa Magna". Se imagina a las estrellas de cine y de música saliendo de sus puertas y resguardándose de la lluvia en algún rincón como en el que está ella tiritando. Qué tontería. Las estrellas de cine no tienen tiempo ni para mojarse, murmura divertida.

Se está haciendo tarde y empieza a refrescar. Lucía se lo piensa un poco y echa a correr por el paseo a oscuras mientras canta a gritos "Por tu culpa, culpita yo tengo..." tan contenta que la lluvia se confunde con sus lágrimas.


Guillermo Ortiz. Reportaje 4 de 2004. Revista Almiar.

miércoles, octubre 04, 2006

Memorias de una princesa Rusa

"Cubrió el suave cuerpo con besos desde la cabeza a los pies, ella consintió sus caricias mientras las manos de él erraban sobre sus encantos, e incluso sus partes más íntimas estaban a su merced. La princesa nada le negó, sino que le entregó su cuerpo voluptuoso sin reservas. Iván prosiguió atrevidamente con sus toqueteos y sus besos, hasta que ella, ardiente por sus abrazos, mostró tanto abandono como el campesino.

Entonces el mujik buscó la satisfacción de su fogosidad y la saciedad de su desenfreno en la persona de su ama. Se incorporó y, tras separarle sus dóciles piernas, montó sobre ella. Así quedaron unidas sus carnes, así se mezclaron el aliento ardoroso y los suspiros de ambos, conjugados en un mismo deseo, encendidos de ardiente impaciencia. Ya estaba el feroz pecaminoso a mitad de las puertas abiertas, probando una entrada que los groseros intentos del mujik y la desproporción de las partes volvían inútil.

Una y otra vez intentó adaptarse al estrecho sendero de los deleites prometidos, y empezó a temer que las delicadas formas de la princesa Vávara no estuviesen destinadas al placer de un hombrón tan bien dotado como él.

Pero entonces, fiel a su promesa, la princesa acudió en auxilio del mujik. Jamás se había visto sometida con anterioridad a un ataque semejante, pero sus deseos igualaban a los de él y no se desanimaban por dificultades susceptibles de ser superadas. Cogió de nuevo el miembro hinchado del rústico y con su propia mano lo puso en contacto, prestándose a tan poco delicada operación, e intentó practicar una entrada horadándose a sí misma con el arma del amor cuyos placeres había imaginado; su experiencia, y su determinación con lo que la fuerza brutal del mujik no había conseguido, pues ya sintió sus partes penetradas y el movimiento del inmenso asaltante en el camino acertado. Apartó la mano, y con los dientes apretados aguardó el impacto de la cópula.

-Empuja ahora, muchacho, y goza de mí para contento de tu corazón -murmuró en voz baja.

En cuanto el impaciente mujik detectó las delicadas presiones a que ahora se veía sometido, descubrió su ventaja, y juzgando que lo único que debía hacer para alcanzar su objetivo era empujar sin otra consideración que su propio placer, puso manos a la obra contorsionando los miembros y la flexible cintura, introduciéndose hasta lo más profundo de la encantadora princesa, pese al evidente sufrimiento que producían sus torpes intentos.

En cuanto a ella, tras percibir el asaetamiento de la terrible coyunda, sintiendo que no tenía nada más que temer y que había recibido tal como anhelaba el miembro rígido del mujik en su cuerpo tan lejos como era posible penetrarla, rodeó con brazos y piernas al hombre y lo apretó tan fuerte que imposibilitó todo movimiento por parte de él, Y así yacieron sus cuerpos unidos, la princesa deleitándose con la palpitación de la abundante verga de Iván en su interior.

Pero pronto el mujik se disparó por razones de fuerza mayor, encontrándose en una especie de cielo paroxístico, las sensaciones experimentadas lo aguijonearon, el movimiento se convirtió en una necesidad y comenzó a dar empellones con sus caderas con tanta fuerza y energía que la princesa gritó de deleite. El mujik empujaba, y no bien percibió el estado de su pareja y notó que ella compartía sus placeres, redobló los movimientos y, mezclando los gemidos de éxtasis, sus cuerpos se elevaban y hundían en la consecución del acto obsceno.

La princesa lamentaba que no pudiese durar eternamente, Iván se esforzaba por alcanzar el punto culminante de su goce, que también significaría el punto foral de su incontinencia. La princesa sintió que las partes del libidinoso se volvían más duras y calientes, el mujik creyó que sus sentidos lo abandonaban mientras llegaban juntos a un coito frenético y, con rugidos de satisfacción tan roncos como los de un semental con una yegua, inyectó en el cuerpo de la princesa una asombrosa cantidad de semen.

La embriaguez de su descarga provocó que el mujik emitiera gritos de regodeo, mientras la damita, abrumada por el éxtasis que él le ocasionaba, permaneció casi desmayada mientras recibía la inundación.

Apenas había acabado Iván cuando recomenzó, y ella, que empezaba a deleitarse con el miembro potente de ese hombre vulgar con mayor fruición de la que jamás había experimentado, se entregó por entero a la brutal voluptuosidad de verse así ferozmente ultrajada.

Después de tres coitos completos, el mujik se retiró del cuerpo de la princesa, con su apetito carnal aplacado por el momento, y permaneció resonante, con lo ojos entrecerrados, a su lado."


Memorias de una princesa Rusa- Anónimo

jueves, septiembre 28, 2006

Momentos

Momentos, eso es lo que nos queda en la vida cuando todo lo demás ha pasado. Cuanto más largo ha sido tu camino, más momentos has acumulado y con ellos formas el puzzle que se convierte en ti mismo. Si olvidas o pierdes el recuerdo de esos momentos te quedas sin personalidad y tienes que mendigar sentimientos que te mantengan en pie.


“... en mi casa no hay nada prohibido
pero no vayas a enamorarte
con el alba tendrás que marcharte
para no volver,
olvidando que me has conocido
que una vez estuviste en mi cama
hay caprichos de amor que una dama
no puede tener...”



MS. PBL. 2001-2003

domingo, septiembre 17, 2006

La Venus de las pieles

- Os agradezco esa lección de clasicismo que acabáis de darme –replicaba yo-, pero lo que no podéis negar es que tanto en nuestro jovial y soleado mundo, como en el vuestro, envuelto en brumas, el varón y la mujer son enemigos por naturaleza, y que el amor los une por un breve tiempo, haciendo de ellos un único ser, capaz de un único pensar, un único sentir, un único desear, para luego desunirlos todavía más; y quien entonces no es capaz de imponer su yugo..., pero eso lo sabéis mejor que yo..., quien entonces no es capaz de imponer su yugo, sentirá pronto en su nuca el pie del otro...

He obedecido y ha empezado a fustigarme.
Rápidos y enérgicos han caído sobre mi espalda y sobre mis brazos los golpes; cada uno de ellos me cortaba la carne y continuaba allí quemando. Pero los dolores me extasiaban, pues venían de ella, a la que adoraba y por la cual estaba dispuesto en todo momento a dejar la vida.
Se ha detenido.

- Esto comienza a divertirme –ha dicho-; ya basta por hoy, pero está apoderándose de mí una diabólica curiosidad por ver hasta dónde llegan tus fuerzas, están invadiéndome unos crueles deseos de verte temblar, retorcerte bajo mi látigo, y de acabar oyendo tus suspiros, tus lamentos una y otra vez, hasta que pidas clemencia, y yo siga azotándote sin piedad, hasta que pierdas el sentido. Has despertado en mi naturaleza tendencias peligrosas. Y ahora, ponte de pie.

He tomado su mano para apretar contra ella mis labios.

- Qué atrevimiento. –me ha apartado con el pie- ¡Fuera de mi vista, esclavo!

Pero Wanda no ve aquello, tampoco me ve a mí, que, azada en mano, estoy allí cavando los arriates de flores y hago eso sólo para verla, para sentir su cercanía, que causa en mí el mismo efecto que la música, que la poesía.


La Venus de las pieles
Leopold von Sacher-Masoch

lunes, agosto 21, 2006

El vocabulario de los balcones

Sus ojos se cruzaron con los míos y frunció las cejas durante un instante, pero no quiso mirarme, no me reconoció, y aunque me daba miedo contestarme que sí, tuve que preguntarme si no habría cambiado yo tanto como él desde cualquier día del verano del 77, o del 78, ya ni siquiera me acordaba de la fecha.

Habían pasado más de quince años, y al mirarle, nadie podría adivinar el infamante apodo que arrastró mientras duró su adolescencia.


Conservaba el aire prematuramente melancólico que antes teñía todos sus gestos de tristeza, y caminaba aún con los hombros hundidos, la cabeza baja afrontando el suelo, pero el corte de pelo, la americana de lana jaspeada, los zapatos de piel vuelta con cordones, la cartera de cuero castaño que llevaba en la mano, delataban ese peculiar desaliño premeditado que siempre esconde una pizca de elegancia.

Le van bien las cosas, pensé, mientras subía los escalones de dos en dos, en dirección contraria a la que movía el motor, sin ser consciente todavía de que le estaba buscando, y le encontré comprando calcetines, granates, grises, negros, todos lisos. Pagó con una tarjeta de crédito y regresó a las escaleras, y yo fui tras él, y tras él salí a la calle Preciados y, sin perderle nunca de vista, sorteé a un par de músicos callejeros, una cabra bailarina y el tenderete de un trilero, y llegamos a Callao, y siguió andando, Gran Vía abajo, pasó de largo un cine, luego otro, y luego otro, y embocó San Bernardo y yo le seguí, recorrimos la misma calle que habíamos andado juntos tantas veces en una situación que yo jamás me habría atrevido a adivinar entonces, él delante, sin volver jamás la cabeza, yo detrás, escondiéndome entre las farolas de todas formas, y atravesamos la calle del Pez y siguió andando, no dejó de hacerlo hasta ganar la esquina de San Vicente Ferrer, y en ese punto sus talones giraron bruscamente un cuarto de vuelta y yo me detuve, sin saber muy bien adonde ir, y le vi cruzar la calle de cuatro zancadas, la cabeza siempre rígida, aparentando despreocuparse del tráfico, y quedarse quieto justo enfrente de mí, en la otra acera.

Se dio la vuelta muy despacio, levantó lentamente los ojos, me miró, y supe que nunca había dejado de reconocerme.


El vocabulario de los balcones. Almudena Grandes

viernes, agosto 04, 2006

La Almendra



«La clave del placer femenino está por todas partes: los pezones que se yerguen, endurecidos de deseo, febriles e imperiosos.
Necesitan saliva y caricias.
Que los muerdan y los mimen. Los pechos se animan y sólo piden que se les permita expeler su leche. Ansían que los mamen, que los toquen, que los recojan formando copa con las manos, que los encierren y que los liberen.
Su orgullo no tiene límite. Ni sus sortilegios. Se funden en la boca, se hurtan, evasivos, se endurecen y se concentran en su placer. Quieren sexo.
En cuanto se dan cuenta de que la cosa va de veras, se vuelven francamente lúbricos. Abrazan las vergas y, tranquilizados, se envalentonan.
Los pezones se toman a veces por clítoris o incluso por pollas. Corren a alojarse en los repliegues de un ano púdico.
Violentan la entrada de un agujero que, a fuerza de querer aspirar un objeto o a un ser, engulle todo cuanto se presenta: un dedo, un pezón o un consolador bien lubricado.
Volviendo a la clave, se encuentra allí donde hay que ir, allí donde a nadie se le ocurre acudir: el cuello, el lóbulo de las orejas, el repliegue de una axila afelpada, el surco que separa las nalgas, los dedos de los pies, que es preciso probar si uno quiere saber de verdad lo que significa amar, el interior de los muslos... Todo en el cuerpo es susceptible de desvarío. De placer. Todo gime y rezuma para quien sabe cosquillear. Y beber. Y comer. Y dar».

Nedjma: La almendra.
Memoria eróticas de una mujer árabe.

lunes, julio 17, 2006

El amante de Lady Chatterley

La mujer sintió un estremecimiento, y su mente se derritió. Penetrantes y suaves oleadas de indecible placer, la invadieron en el momento en que el hombre penetró en ella, y con ello comenzó la curiosa emoción fundida y ardiente que se extendía más y más, hasta que la arrastraba al último y ciego extremo de plenitud.

...

- No me preguntes esas cosas ahora. Déjame en paz. Me gustas. Te amo cuando estás en la cama conmigo. Una mujer es una cosa adorable cuando se la jode a fondo y el coño es bueno. Te amo, amo tus piernas, amo tu forma, y amo todo lo que tienes de mujer. Me gusta la mujer que hay en ti. Te amo con el cuerpo y con el corazón. Pero no me hagas estas preguntas ahora. No me hagas hablar ahora. ¡Déjame en paz! ¡Déjame en paz!

Y el hombre puso suavemente la mano sobre el monte de Venus de Connie, sobre el vello suave, castaño, femenino, y se quedó quieto y desnudo en la cama, con la cara inmóvil y físicamente abstraída, con una cara casi como la de Buda.



El amante de Lady Chatterley
D.H. Lawrence (1885-1930)

lunes, julio 10, 2006

Verdes

"Él espera. Ella devuelve su rostro a la sombra con los ojos cerrados y a su vez espera. Entonces, a su vez, él lo hace.

Lo hace primero encima de la boca. El chorro se estrella en los labios, en los dientes ofrendados, salpica los ojos, el cabellos y luego baja por el cuerpo, inunda los pechos, lento ya en el fluir. Cuando llega al sexo se renueva, se estrella en su calor, se mezcla a su leche, espuma, y luego se agota. Los ojos de la mujer se entreabren sin mirada y vuelven a cerrarse. Verdes"



El hombre sentado en el pasillo
Marguerite Duras

martes, julio 04, 2006

Seda (fragmento)

" Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin."

Alessandro Baricco
Seda 1996


(gracias a Deitannia por descubrirmelo)

viernes, junio 30, 2006

Lolita

"Sábado.
He dejado la puerta abierta durante varios días, mientras escribía en mi cuarto, pero sólo hoy ha caído en la trampa. Entre idas y venidas, pataditas y bromas adicionales (que ocultaban su turbación al visitarme sin haber sido llamada), Lo entró y después de rondar a mi alrededor se interesó por los laberintos de pesadilla que mi pluma trazaba sobre una hoja de papel. Ah, no: no eran los resultados del inspirado descanso de un calígrafo, entre dos párrafos; eran los horrendos jeroglíficos (que ella no podía descifrar) de mi fatal deseo. Cuando Lo inclinó sus rizos castaños sobre el escritorio ante el cual estaba sentado, Humbert el Ronco la rodeó con su brazo, en una miserable imitación de fraternidad; y mientras examinaba, con cierta miopía, el papel que sostenía, mi inocente visitante fue sentándose lentamente sobre mi rodilla. Su perfil adorable, sus labios entreabiertos, su pelo suave estaban a pocos centímetros de mi colmillo descubierto, y sentía la tibieza de sus piernas a través de la rudeza de sus ropas cotidianas. De pronto, supe que podía besarla. Supe que me dejaría hacerlo, y hasta que cerraría los ojos, como enseña Hollywood. Una vainilla doble con chocolate caliente... apenas algo más insólito que eso. No puedo explicar al lactor –cuyas cejas, supongo habrán viajado ya hasta lo alto de su frente calva- cómo supe todo ello: quizá mi oído de mono había percibido inconscientemente algún leve cambio en el ritmo de su respiración –pues ahora Lo miraba de veras mi galimatías y esperaba con curiosidad y compostura (oh, mi límpida nínfula) que el atractivo huésped hiciera lo que rabiaba por hacer-. Una niña moderna, una ávida lectora de revistas cinematográficas, una experta en primeros planos soñadores, no encontratá muy raro –me dije- que un amigo mayor, apuesto, de intensa virilidad... demasiado tarde. La casa toda vibró súbitamente con la voluble voz de Louise, que contaba a la señora Haze, recién llegada de la calle, cómo ella y Leslie Thomson habían encontrado algo muerto en el sótano, y Lolita no iba a perderse semejante cuento."

Señoras y señores del jurado, la mayoría de los delincuentes sexuales que anhelan un contacto palpitante, suavemente plañidero, pero no forzosamente copulativo, con una jovencita son extranjeros inocuos, inadaptados, pasivos, tímidos, sólo piden a la comunidad que se les permita observar su comportamiento inofensivo y soi-disant aberrante, sus ínfimas, cálidas, húmedas manías de privada desviación sexual, sin que la policía y la sociedad caigan sobre ellos. ¡No somos demonios sexuales! ¡No violamos como los buenos soldados! Somos caballeros tristes, suaves, con ojos de perro, lo suficientemente bien integrados como para controlar nuestra ansiedad en presencia de adultos, pero dispuestos a dar años y años de vida por una sola oportunidad de tocar a una nínfula.

Lolita.
Vladimir Nabokov

jueves, junio 29, 2006

Una muchacha enamorada

«Cierto día, una muchacha enamorada dijo al hombre que amaba:

"yo también podría escribir una de esas historias que te gustan..."

¿Tú crees?, respondió él.

Se encontraban dos o tres veces a la semana, pero nunca en las vacaciones, nunca en los fines de semana. Cada uno robaba a la familia o al trabajo el tiempo que pasaban juntos.

En las tardes de enero y de febrero, cuando los días se alargan y el sol envía desde el oeste reflejos rojos sobre el Sena, se paseaban sobre las orillas, por el Quai de Grands-Augustins, por el de la Tournelle, se abrazaban bajo la sombra de los puentes. Un vagabundo les gritó una vez: "¿Quieren que les pague una habitación?"

Sus refugios cambiaban a menudo. El viejo coche, que la chica conducía, los llevaba al Zoo para ver las jirafas, o a Bagatelle, en primavera, para ver los lirios y las clemátides, o en otoño, los ásteres. Ella anotaba los nombres de los ásteres: azul niebla, violeta, rosa pálido, sin saber por qué, pues jamás ha podido plantarlos. (...)

Quedaban las habitaciones, en efecto. La misma muchas veces seguidas. U otras, según el azar. Hay extrañas dulzuras en la luz mortecina de los cuartos de alquiler en los hoteles de las estaciones; el lujo modesto de la gran cama que, al partir, abandonamos con las sábanas deshechas, tiene sus encantos. Llega un momento en que no se puede separar el ruido de las palabras y de los suspiros del ronroneo continuo de los motores y del chirrido de los neumáticos que sube desde la calle.

Durante muchos años, estos momentos furtivos y tiernos, durante la tregua que sigue al amor -piernas mezcladas y abrazos deshechos-, habían sido arrullados por esas charlas, en las que los libros ocupan el primer lugar. Los libros representaban su única libertad total, su patria común... sus verdaderos viajes; ellos habitaban los libros como otros el hogar familiar; tenían en los libros sus compatriotas y sus hermanos; los poetas habían escrito para ellos, las cartas de antiguos amantes les llegaban a través de la oscuridad de lenguajes arcaicos, de costumbres y de modas desaparecidas -y todo se leía en voz baja, dentro de la habitación ignorada, sórdido y milagroso torreón donde, a ciertas horas, las olas de fuera venían en vano a golpear.

No disponían de una noche entera. Era preciso, de pronto, a tal o cual hora -el reloj siempre en la muñeca- volver a salir. Era preciso volver cada uno a su calle, a su casa, a su cuarto, a su lecho de todos los días, volver junto a aquellos a quienes nos liga otra forma de inexpiable amor, a los que por el azar, la juventud o por nosotros mismos nos hemos entregado de una vez por todas, y a los que no se puede abandonar ni herir cuando se está en el corazón de sus vidas. Él, en su cuarto, no estaba solo. Ella estaba sola en el suyo.

Una tarde, después de aquel "¿Tú crees?" de la primera página, y sin tener la menor idea de que encontraría un día en un catastro el apellido Réage y que se permitiría tomar prestado el nombre de pila de dos célebres desvergonzadas, Pauline Borghese y Pauline Roland, una tarde, aquella para quien hablo ahora, y con todo derecho, ya que si yo no tengo nada de ella, ella lo tiene todo de mí, y antes que nada la voz, una tarde, digo, esta joven, en lugar de coger un libro antes de dormirse, acostada con las piernas encogidas, como un perrillo, y sobre el lado izquierdo, con un lápiz negro en la mano derecha, comenzó a escribir la historia que había prometido.»


Retorno a Roissy. Pauline Réage